Esta reflexión cobre fuerza sobre todo si pensamos que la conferencia se realizó el año 1958, tiempo durante el cual dos sistemas de ideas entregaban respuestas distintas acerca de dos problemas centrales en política: el problema de la obediencia y el problema de la coacción, ambos inevitablemente ligados al tema de la libertad. ¿Por qué obedecer a otro? ¿Acaso no puedo vivir como yo considere que la vida merece ser vivida? O mejor aún, ¿cuáles son los límites que pueden permitirse a la coacción?
Si entendemos la coacción como privar de libertad, ¿qué significado tiene el ser libre? Berlin propone analizar dos sentidos que tiene la palabra libertad, las cuales considera fundamentales ya que “cargan a sus espaldas una gran parte de la historia de la humanidad (…) y probablemente la van a seguir teniendo”. Estos son la libertad en su sentido negativo y libertad en su sentido positivo.
La Libertad en su Sentido Negativo
La llamada libertad negativa encuentra su sentido en la respuesta a la pregunta “¿cuál es el ámbito en que al sujeto se le deja o se le debe dejar hacer o ser lo que es capaz de hacer o ser, sin que en ello interfieran otras personas?” La base para entender la libertad negativa es entonces verla como no-interferencia. Ahora, por interferencia entenderemos una coacción como “intervención deliberada de otros seres humanos dentro del ámbito en que podría actuar si no intervinieran”. Interferencia no se aplica a todos los casos de incapacidad, señala Berlin: ninguno de nosotros es capaz de saltar desde el suelo hasta un segundo piso, y no por ello nos consideraríamos coaccionados. Importante nos parece entonces explorar un par de aclaraciones con respecto a la libertad en su sentido negativo, al menos en la forma en que la entiende Berlin.
Primero, libertad negativa no es meramente que otras personas no me impidan hacer lo que quiera, ya que según aquella argumentación la libertad está dada por el grado de satisfacción de deseos, por lo que fácilmente el hombre podría hacerse más libre a medida que los suprima o los satisfaga, o más aún, “podría hacerse libres a los hombres condicionándoles para que perdiesen los deseos originarios que he decidido no satisfacer”. Es así que Berlín llega a la conclusión que libertad no significa ausencia de frustración (no poder conseguir un fin), sino también “como la ausencia de obstrucciones en camino por lo que el hombre puede decidir andar”. Así la libertad tiene más que ver con la oportunidad de acción más que a la acción misma.
Segundo, “es importante distinguir la libertad de las condiciones de su ejercicio.” Podría argumentarse que los hombres en estado de carencia o desventaja, véase pobres, esclavos o ignorantes, no son libres, ya que su capacidad de acción hacia la persecución de fines se ve limitado por muchos factores, como lo podría ser una dictadura, la pobreza extrema o el no estar educado. Berlin señala que esta concepción confunde dos cosas que aparentemente se nos presentan como lo mismo: la libertad misma y las condiciones de su ejercicio. Berlin argumenta que existe la obligación de promover la educación, salud, justicia, etc. para asegurar un bienestar mínimo para que las personas gocen de su libertad (no hacerlo y exigir el uso de su libertad es reírse de su situación), pero que estas medidas no promueven la libertad misma, sino más bien se preocupan de conformar las condiciones para su ejercicio. Para los pobres, ignorantes o esclavos, personas que son incapaces de hacer uso de sus derechos por su estado limitado, la libertad no significa nada sencillamente porque “la libertad individual no es la primera necesidad de todo el mundo”. Para ellos es más urgente otro tipo de necesidades, quizás más básicas. Mejorar su calidad de vida no los hará más libres, sino que se preocupa de formar las condiciones para hacer posible que sea valioso tenerla. De nuevo, no es lo mismo la libertad que las condiciones de su ejercicio.1
Berlin también hace hincapié en que la preocupación liberal reside no tanto en que la libertad de los hombres sea distinta por condiciones sociales, culturales, económicas, etc., sino más bien que la minoría que goza de ella lo ha hecho en desmedro de su contraparte (ya sea por explotación o despreocupación). Si la libertad individual es el fin último del hombre, nadie puede privársela a nadie, ni mucho menos disfrutarla a expensas de otros. Es verdad que a veces hay que reducir la libertad de algunos para asegurar la de otros2, o sacrificar libertad para alcanzar otros fines igualmente deseables: igualdad, justicia o el amor a los semejantes.
Otro punto interesante es la noción de la retirada a la ciudadela interna. Los hombres, al verse limitados en la búsqueda de sus fines, pueden liberarse de los deseos que saben no pueden realizar. Así, evitan la derrota y el desgaste, y se retiran en sí mismos (ciudadela interna). Esto es una búsqueda de la seguridad, la autoemancipación de ascetas y estoicos, una doctrina sublime, en palabra de Berlin, pero que le parece una forma de doctrina que enseña a no querer verdaderamente aquello de lo que no puedo estar seguro.
Un último punto que destaca Berlin es un conjunto de observaciones a las ideas de Mill sobre porqué debiese protegerse la libertad individual. Mill argumenta que a menos que se deje a los hombres vivir como quieran, la civilización no podrá avanzar, la verdad no saldrá a flote y la espontaneidad, el genio, la originalidad, la energía mental y el valor moral serán aplastados. Según Berlin, de esto se rescatan tres hechos: primero, Mill se equivoca al señalar que la libertad negativa y la no-interferencia son el medio para el desarrollo del genio humano, porque aquellas han sido desarrolladas también en sociedades severamente disciplinadas. Segundo, esta concepción de libertad negativa como defensa del ámbito privado como derecho es esencialmente moderna. Por último, esta libertad no es incompatible con el autogobierno porque se refiere al ámbito que haya de tener control, y no a su origen, y por ello esta libertad no tiene conexión (lógica) con la democracia o autogobierno.3 Esto no correspondería tanto a la pregunta “en qué medida interfiere el gobierno en mí”, sino más bien correspondería a la pregunta ¿quién me gobierna?
La Libertad en su Sentido Positivo
Al contrario de la libertad negativa, su contraparte positiva intenta responder más bien a la pregunta “¿por quién estoy gobernado?” o ¿quién tiene que decir lo que yo tengo y lo que no tengo que ser o hacer?” El deseo de ser gobernado por mí mismo, de decidir por uno mismo, señala Berlin, puede ser tan profundo como el de ser libre de acción (y quizás más antiguo). Esto es parte de lo que quiero decir cuando señalo que mi razón humana me distingue del resto del mundo. Quiero explicar mis decisiones en función de mis propias ideas y propósitos. Los atenienses pensaban que eran libres en la medida en que ellos se gobernaban a sí mismos, en que participaban de la polis sin tener que ser coaccionados.4
Ahora, Berlin se pregunta si acaso el decir “yo soy mi propio dueño” no pudiese a su vez ser que ese yo “fuese esclavo de la naturaleza, o de sus propias desenfrenadas pasiones.” Por verdadera naturaleza se entiende un yo no racional, verdadero, ideal o autónomo, sino a un yo de naturaleza inferior, que persigue los placeres inmediatos y es arrastrado por el deseo y las pasiones, que debe ser castigado cada vez que se hace presente. Es más, este yo perfectamente puede ser más que un individuo, véase un raza, iglesia o Estado, que impone su única voluntad a sus recalcitrantes miembros, logrando la suya y la de sus miembros.
Lo importante es reconocer que “es posible, y hasta justificable, coaccionar a los hombres en nombre de algún fin que ellos mismos perseguirían, pero que no lo persiguen porque son ciegos, ignorantes o están corrompidos.” La coacción iría hacia ese yo inmediato para el bien de ese individuo, no por el mío. Si él fuese un individuo racional, tan sabio como yo, comprendería mis intereses y no se opondría: “por eso que es nosotros luchamos por tu verdadera libertad, la libertad de tu yo ideal y no por la miopía de tu yo empírico... así que no grites tanto en la tortura por que es tu yo empírico el que te engaña, nosotros te estamos liberando”. Eventualmente podría ignorar lo deseos reales de los hombres e intimidarlos, oprimirlos y torturarlos en virtud de sus verdaderos yo, los racionales, no los impulsivos.5
Se puede decir que ambas concepciones de libertad, positiva y negativa, no distan mucho y que en realidad son dos formas de decir lo mismo. Pero lo cierto es que ambos conceptos se han desarrollado históricamente en direcciones divergentes, hasta que finalmente entraron en conflicto. A continuación mostraremos como.
La libertad positiva es la doctrina de liberación por la razón, y sus rasgos impregnan la multiplicidad de credos e ideologías, desde las izquierdas comunistas hasta los gobiernos autoritarios más recientes. De ahí que podamos entender lo arbitraria que puede llegar a transformarse esta concepción de libertad. Si la esencia de los hombres consiste en que son seres autónomos, nada hay peor que tratarlos como si no lo fueran; porque tratarlos como si no estuviesen determinados por sí mismos, es tratarlos como si no fueran libres, como el material humano para que yo, benevolente reformador, los moldee con arreglo a fines que yo he adoptado libremente, y no con arreglo suyo. De ahí que no sea difícil entender de cómo las mismas revoluciones no han sido más que la conquista del poder por parte de un grupo determinado creyente en alguna doctrina, clase, devenir, etc. Las víctimas de dichas acciones, como advirtieron los liberales de la primera mitad del siglo XIX, vieron fácilmente destruidas sus libertades negativas en nombre de la libertad positiva.
Las Libertades Frente A Frente
Así, las libertades pueden chocar entre sí, abortarse. La libertad individual puede entrar en conflicto con la organización democrática y la contraparte positiva de la autorrealización interponerse en la no-interferencia, base a su vez de la negativa. El énfasis en la libertad negativa abre más caminos a los individuos o grupos, mientras que la libertad positiva entrega mejores razones. Sin embargo, Berlin sugiere que la balanza se incline finalmente hacia la libertad negativa.6
El caso de la libertad positiva, sobre todo en su creencia modalidad liberadora a través de la razón, es responsable del holocausto de los individuos en los altares de los grandes ideales históricos: justicia, progreso, felicidad de los que vendrán, la emancipación, o la misma libertad. La peligrosa creencia que de vez en cuando (y bastante más seguido de lo que quisiéramos) retorna a atormentarnos, esa que tiene la esperanza que en alguna parte, en lo ya escrito o en lo por escribir, “en la revelación divina o en la mente de algún pensador individual, en los pronunciamientos de la historia y la ciencia, o en el simple corazón de algún hombre bueno no corrompido, hay una solución final” que conjugue en su seno todas las virtudes y valores positivos a los que ha aspirado al hombre, cuando en la realidad la realización de algunos significa la renuncia a otros.
Con esto Berlin no quiere decir que la libertad individual sea el único criterio para obrar socialmente. El grado de libertad de un hombre o pueblo tiene que estar medido por contraste con lo que pretendían significar otros valores, por lo que no puede ser ilimitada (pensemos en la restricción de la libertad del fuerte). Esto no es el a priori por la que el respeto por la libertad de un hombre implique lógicamente el respeto de la libertad de otros que sean como él, sino simplemente porque el respeto por los principios de la justicia o la deshonra que lleva consigo tratar a la gente de manera muy desigual son tan básicos como en los hombres son los deseos de libertad.
Para Berlin, el pluralismo (con el grado de libertad negativa que conlleva) “es un ideal más verdadero y humano que los fines de aquellos que buscan en las grandes estructuras autoritarias y disciplinadas el ideal del autodomonio positivo”. Es más llevadero y verdadero porque reconoce la multiplicidad de los fines humanos, no todos ellos reconciliables o conmensurables simultáneamente.
Berlin, sin embargo, no niega la libertad positiva tenga también su virtud. Es precisamente la libertad en su sentido positivo la que ha estado en el fondo de las exigencias de autodirección nacional y autonomía de grupos minoritarios, de movimientos sociales moralmente justos. No reconocerlo sería, para Berlin, desconocer hechos e ideas fundamentales de nuestros días. Mal que mal, es la libertad por la cual se pelea en muchos lugares del mundo.
Terminando
Berlin ha escrito un texto prolijo, de argumentación impecable y de conmovedora prosa. Preocupado sobre todo por salvar el lugar que ocupa la libertad en la vida del hombre, tanto como herramienta para su autorrealización y la búsqueda de su felicidad, como un fin al cual debemos aspirar si queremos obrar de la manera que menos perjudique a la pauta general de vida en la que creemos. Su ensayo se convierte finalmente en una férrea defensa de los principios que inspiran la libertad.
La clásica distinción entre la libertad positiva y negativa nos lleva hacia un análisis de las ideologías de las que había sido testigo en su tiempo: el auge y caída del fascismo y el nacional socialismo, la escisión del mundo en dos grandes bloques antagónicos, y de la búsqueda que hace el hombre común para encontrar un lugar para emprender el camino hacia sus fines.
Berlin está absolutamente conciente de que ni la libertad positiva ni la negativa pueden entregar una solución o una reconciliación entre todos los fines y virtudes a los cuáles aspira el hombre. Por otra parte tampoco desconoce la legitimidad moral de las súplicas emprendidas por ciertos sectores sociales cuyas condiciones de vida no son óptimas para ejercer la libertad, o incluso para entender su relevancia en el mundo contemporáneo, producto de que precisamente la libertad de una mayoría ha sido en desmedro de aquellos grupos.
Además, al visualizar la libertad no como el gran fin o motor de la felicidad del hombre, sino en relación con un conjunto total de valores nobles al cuáles el ser humano aspira (la igualdad, el respeto, la justicia o el progreso), no desconoce que también la dignidad de la persona humana también se haya en aquellas otras virtudes.
Tampoco es ciego cuando, al preferir la libertad negativa sobre la positiva, reconoce que esta última es la que garantiza el autodominio de las clases sociales, los pueblos y de toda la humanidad. La realización del hombre dentro del ámbito de lo público es también la realización de un fin en pro de una mejor comunión entre seres humanos. Lo que pasa es que Berlín, al observar las grandes tergiversaciones en que había caído la libertad positiva, en aquellos regímenes autoritarios que predominaron en Europa post Primera Guerra Mundial y el devenir de un mundo dividido entre dos grandes proyectos, lo hicieron desconfiar, con justa razón, de aquella libertad. Era mejor asegurar que la búsqueda de esta no fuese la anulación de si misma, era mejor preservar aquellos ámbitos de la vida del hombre que aún permanecían intactos tras aquellas tragedias.
1. Es más, Berlin también señala que a pesar de que los gobiernos atiendan las necesidades materiales, no por ello se aumenta la libertad. Los estados paternalistas, si bien pueden garantizar las condiciones de libertad, niegan la libertad misma al crear ciudadanos dependientes del paternalismo estatal.
2. Ahora, puedo libremente decidir renunciar a ella y compartir el destino de los demás, pero, y a pesar del juego de palabras, eso no me hace como resultado más libre. Si renuncio a algo, lo pierdo, aunque gane en otros terrenos: justicia, felicidad, paz, etc.
3. En general, este gobierno puede garantizar la conservación de cierta libertades (civiles)
4. De ahí que Berlin pensara que la idea de libertad negativa era esencialmente una idea moderna.
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